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El viejo y el mar

Resumen de la obra

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El escritor norteamericano, polémico siempre en su vida aventurera, muy vinculado a España y Premio Nobel de Literatura en 1954, dejó esta pequeña obra maestra de concisión, de intimidad y de fuerza narrativa, espejo de la lucha por la superación humana y de la inutilidad en su enfrentamiento con la naturaleza.

“Érase una vez un viejo solo en su barca...” que pescaba en medio del Gulf Stream, frente a La Habana, aunque llevaba ya ochenta y cuatro días sin capturar pez alguno. Su nombre era Santiago. Hasta no hace mucho le acompañaba en las faenas un muchacho del lugar, Manuel, cariñoso, educado y siempre atento con el viejo –entre ambos la relación es casi la de padre e hijo–. El chico no le podrá asistir en la siguiente salida, pues se encuentra comprometido con otra embarcación que suele correr bastante mejor suerte que la de Santiago. Los dos se reúnen frecuentemente a tomar algo en “La Terraza” y charlan sobre los equipos favoritos de béisbol de los norteamericanos y, muy especialmente, sobre Di Maggio.

Describe luego el narrador la humilde y marinera casa de Santiago: con apenas unos pocos pertrechos para la pesca, una botella de agua, escasa comida. Y como recuerdo de su esposa, una imagen de la cubana Virgen del Cobre.

El chico se despide del “abuelo” para que pueda descansar y soñar con los leones que en otros tiempos de mar, aquellos de su juventud, podía contemplar desde los barcos en las costas africanas.

Llegada una nueva mañana, Santiago dispone lo necesario para otra jornada de pesca, confiando en la fortuna que últimamente le ha sido esquiva. Al amanecer, se aleja lentamente por la mar, con rumbo cierto, sin prisas. Conforme se va distanciando, echa sedales y anzuelos con la carnaza necesaria para diferentes clases de peces. En el entorno hay poca compañía —el ruido del cielo, el mecer de las olas, sus propias palabras que fluyen sencillas, rutinarias, cargadas de respetuoso silencio-, y mucha soledad. Lejos de la costa observa un ave marina, un águila, y peces voladores, y unos “dorados” de color verduzco; también peligrosas medusas que crean “el agua mala”; incluso ve tortugas. Sobrio y sencillo, Santiago lleva poca comida y su pequeña botella de agua. Echa en falta la compañía y ayuda de Manuel –mientras, habla, dialoga consigo mismo, con el mar; se entristece, se enfada o se alegra; dirige sus palabras a la mar, a los peces, las aves, las estrellas compañeras, sus “hermanitas”–.

Por fin descubre un pez que parece grande, excepcional. Comienza un combate épico entre el pescador y la presa, lucha que durará días, largas horas de heridas por la pelea a vida o muerte, por el éxito o el fracaso definitivos. La fuerza del pez le arrastra hacia el interior, le aleja de la costa hasta que las remotas luces desaparecen.

Santiago repone fuerzas comiendo, cruda y en tiras, una albacora que poco antes ha capturado. El pescador está herido en el pómulo y la mano izquierda, que sangra agarrotada, casi inútil, cortada por el sedal. El pez y el hombre siguen disputando (“estaré contigo hasta que me muera” dice el anciano).

Un pájaro perdido e inexperto, cansado durante su primera travesía, se detiene a descansar sobre la barca. De repente el gran pez aparece por encima de la superficie del agua en un majestuoso salto, clavándose aún más el anzuelo en sus entrañas. Se trata de un pez espada con cola en forma de doble hoz. Santiago reza un avemaría y promete algunos padrenuestros si captura al animal, aunque se sincera diciendo “no estoy muy bien con la religión”. Santiago se define con frecuencia como un hombre “raro”, y llega a pensar que el pez que persigue comparte tal condición. Recuerda que entre los suyos, en tierra, recibió el apodo de “el campeón”, por su constancia y decisión demostradas cuando fue capaz de vencer a un hombre tras un pulso que duró día y medio.

Ambos siguen la pelea, ya sin fuerzas. El anciano suelta el sedal o lo tensa cuando le interesa o cuando puede. La embarcación coge de vez en cuando cierta velocidad, arrastrada por el pez espada, y Santiago pone los remos a modo de frenos.

Pasan tres días de combates titánicos y Santiago apenas come ni duerme; confía, no obstante, en la victoria. El pez espada, allí abajo, parece mantenerse aún firme, pero comienza a dar vueltas, a nadar en círculos que le van subiendo poco a poco a la superficie, hasta situarse al costado de la pequeña embarcación. Santiago, mareado y extenuado, ya no puede más. El pez agoniza. Y Santiago le clava el arpón de muerte. Cuando ya es suyo, le habla con respeto, humildad y admiración. Amarra el animal al costado del barco e inicia el regreso a puerto, inmensamente satisfecho, aunque también con la paradójica tristeza del pescador y hombre que, digno, ha salido vencedor de un rival sublime.

De repente surge el primer tiburón, uno de los “dentuzos” siempre admirados por el anciano, al que mata. Luego llegarán más, los aborrecidos “galanos” carroñeros a los que Santiago ataca con lo que le queda en el bote: el arpón, los remos, el timón del barco, un cuchillo... El anciano se queda sin armas y los tiburones devoran al pez espada. Santiago, abatido, le pide perdón, viendo ya las lejanas luces de la ciudad.

Cuando arriba a puerto sus conocidos le reciben con respeto y silencio, el silencio de los hombres del mar. Deja el bote con los restos del pez capturado, recoge el mástil y se va a casa a dormir. Los paisanos contemplan los despojos de la que fue magnífica captura y comprenden la hazaña de Santiago, quien, por el contrario, se siente de nuevo derrotado. Aparece Manuel, que llega para cuidar del viejo y pide a los demás vecinos que no le molesten. El chico ha tenido suerte con su pesca, pero volverá a faenar con Santiago. El viejo duerme y descansa, “soñando leones”.

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