El viejo y el mar

Obra de Ernest Hemingway

Página 7

—Era un gran director —dijo el muchacho—. Mi padre cree que era el más grande. ¿Quién es realmente mejor director: Luque o Mike González?

—Creo que son iguales.

—El mejor pescador es usted.

—No. Conozco otros mejores.

—Qué va —dijo el muchacho— Hay muchos buenos pescadores y algunos grandes pescadores. Pero como usted, ninguno.

—Gracias. Me haces feliz. Ojalá no se presente un pez tan grande que nos haga quedar mal.

—No existe tal pez, si está usted tan fuerte como dice.

—Quizá no esté tan fuerte como creo —dijo el viejo—. Pero conozco muchos trucos, y tengo voluntad.

—Ahora debiera ir a acostarse para estar descansado por la mañana. Yo llevaré otra vez las cosas a La Terraza.

—Entonces buenas noches. Te despertaré por la mañana.

—Usted es mi despertador —dijo el muchacho.

—La edad es mi despenador —dijo el viejo—. ¿Por qué los viejos se despertarán tan temprano? ¿Será para tener un día más largo?

—No lo sé —dijo el muchacho—. Lo único que sé es que los jovencitos duermen profundamente y hasta tarde.

—Lo recuerdo —dijo el viejo—. Té despertaré temprano.

—No me gusta que el patrón me despierte. Es como si yo fuera inferior.

—Comprendo.

—Que duerma bien, viejo.

El muchacho salió. Habían comido sin luz en la mesa, y el viejo se quitó el pantalón y se fue a la cama a oscuras. Enrolló el pantalón para hacer una almohada, y puso luego el periódico dentro. Se envolvió en la frazada y durmió sobre los otros periódicos viejos que cubrían los muelles de la cama.

Se quedó dormido enseguida y soñó con África, en la época en que era muchacho, y con las largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas. Vivía entonces todas las noches a lo largo de aquella costa y en sus sueños sentía el rugido de las olas contra la rompiente y veía venir a través de ellas los botes de los nativos. Sentía el olor a brea y estopa de la cubierta mientras dormía, y sentía el olor de África que la brisa de tierra traía por la mañana.

Generalmente, cuando olía la brisa de tierra, despertaba y se vestía, y se iba a despertar al muchacho. Pero esta noche el olor de la brisa de tierra vino muy temprano y él sabía que era demasiado temprano en su sueño, y siguió soñando para ver los blancos picos de las islas que se levantaban del mar. Y luego soñaba con los diferentes puertos y fondeaderos de las Islas Canarias.

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