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El viejo y el mar

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—Tiene que curarse pronto, pues tengo mucho que aprender y usted puede enseñármelo todo. ¿Ha sufrido mucho?

—Bastante —dijo el viejo.

—Le traeré la comida y los periódicos –dijo el muchacho—. Descanse, viejo. Le traeré la medicina de la farmacia para las manos.

—No te olvides de decirle a Perico que la cabeza es suya.

—No. Se lo diré.

Al atravesar la puerta y descender por el camino tallado por el uso en la roca de coral, el muchacho iba llorando nuevamente.

Esa tarde había una partida de turistas en La Terraza, y mirando hacia abajo, al agua, entre las latas de cerveza vacías y las picúas muertas, una mujer vio un gran espinazo blanco con una inmensa cola que se alzaba y balanceaba con la marea mientras el viento del este levantaba un fuerte y continuo oleaje a la entrada del puerto.

—¿Qué es eso? —preguntó la mujer al camarero, y señaló al largo espinazo del gran pez, que ahora no era más que basura esperando a que se la llevara la marea.

—Tiburón —dijo el camarero—. Un tiburón.

Quería explicarle lo que había sucedido.

—No sabía que los tiburones tuvieran colas tan hermosas, tan bellamente formadas.

—Ni yo tampoco —dijo el hombre que la acompañaba.

Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el muchacho estaba sentado a su lado contemplándolo. El viejo soñaba con los leones marinos.

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