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El viejo y el mar

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«Un buen bote —pensó—. Sólido y sin ningún desperfecto, salvo la caladada. Y ésta es fácil de sustituir.»

Podía percibir que ahora estaba dentro de la corriente y veía las luces de las colonias de la playa y a lo largo de la orilla. Sabía ahora dónde estaba y que llegaría sin ninguna dificultad.

«El viento es nuestro amigo, de todos modos —pensó. Luego añadió—: A veces. Y la gran mar con nuestros amigos y enemigos. Y la cama —pensó—«La cama es mi amiga. La cama, y nada más —pensó—. La cama será una gran cosa. No es tan mala en derrota —pensó—. Jamás pensé que fuera tan fácil. ¿Y qué es lo que te ha derrotado, viejo?»

—Nada dijo en voz alta—. Me alejé demasiado.

Cuando entró en el puertecito, las luces de La Terraza estaban apagadas y se dio cuenta de que todo el mundo estaba acostado. La brisa se había ido levantando gradualmente y ahora soplaba con fuerza. Sin embargo, había tranquilidad en el puerto y puso proa hacia la playita de grava bajo las rocas. No había nadie que pudiera ayudarlo, de modo que adentró el bote todo lo posible en la playa. Luego se bajó y lo amarró a una roca.

Quitó el mástil de la carlinga y enrolló la vela y la ató. Luego se echó el palo al hombro y empezó a subir. Fue entonces cuando se dio cuenta de la profundidad de su cansancio. Se paró un momento y miró hacia atrás y al reflejo de la luz de la calle vio la gran cola del pez levantada detrás de la popa del bote. Vio la blanca línea desnuda de su espinazo y la oscura masa de la cabeza con el saliente pico y toda la desnudez entre los extremos.

Empezó a subir nuevamente, y en la cima cayó y permaneció algún tiempo tendido, con el mástil atravesado sobre su hombro. Trató de levantarse. Pero era demasiado difícil y permaneció allí sentado con el mástil al hombro, mirando al camino. Un gato pasó indiferentemente por el otro lado y el viejo lo siguió con la mirada. Luego siguió mirando simplemente el camino.

Finalmente soltó el mástil y se puso de pie. Recogió el mástil y se lo echó al hombro y partió camino arriba. Tuvo que sentarse cinco veces antes de llegar a su cabaña.

Dentro de la choza inclinó el mástil contra la pared. En la oscuridad halló una botella de agua y tomó un trago. Luego se acostó en la cama. Se echó la frazada sobre los hombros y sobre la espalda y las piernas, y durmió boca abajo sobre los periódicos, con los brazos por afuera, a lo largo del cuerpo, y las palmas hacia arriba.

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