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El viejo y el mar

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«¿En qué puedo pensar ahora?» —se dijo—. En nada. No debo pensar en nada y esperar a los siguientes. «Ojalá hubiera sido realmente un sueño —pensó—. Pero, ¿quién sabe? Hubiera podido salir bien.»

El siguiente tiburón que apareció venía solo y era otro hocico de pala. Vino como un puerco a la artesa: si hubiera un puerco con una boca tan grande que cupiera en ella la cabeza de un hombre. El viejo dejó que atacara al pez. Luego le clavó el cuchillo del remo en el cerebro. Pero el tiburón brincó hacia atrás mientras rolaba y la hoja del cuchillo se rompió.

El viejo se puso al timón. Ni siquiera quiso ver cómo el tiburón se hundía lentamente en el agua, apareciendo primero en todo su tamaño; luego, pequeño; luego, diminuto. Eso le había fascinado siempre. Pero ahora ni siquiera miró.

—Ahora me queda el bichero —dijo—. Pero no servirá de nada. Tengo los dos remos y la caña del timón y la porra.

«Ahora me han aniquilado —pensó—. Soy demasiado viejo para matar a los tiburones a garrotazos. Pero lo intentaré mientras tenga los remos y la porra y la caña.»

Puso de nuevo sus manos en el agua para empaparlas. La tarde estaba avanzando y todavía no veía más que el mar y el cielo. Había más viento en el cielo que antes, y esperaba ver pronto tierra.

—Estás cansado, viejo —dijo—. Estás cansado por dentro.

Los tiburones no lo atacaron hasta justamente antes de la puesta del sol. El viejo vio venir las pardas aletas a lo largo de la ancha estela que el pez debía de trazar en el agua. No venían siquiera siguiendo el rastro. Se dirigían derecho al bote, nadando a la par.

Trancó la caña, amarró la escota y cogió la porra que tenía bajo la popa. Era un mango de remo roto, serruchado a una longitud de dos pies y medio. Sólo podía usarlo eficazmente con una mano, debido a la forma de la empuñadura, y lo cogió firmemente con la derecha, flexionando la mano mientras veía venir los tiburones. Ambos eran galanos.

«Debo dejar que el primero agarre bien para pegarle en la punta del hocico o en medio de la cabeza», pensó.

Los tiburones se acercaron juntos y cuando el viejo vio al más cercano abrir las mandíbulas y clavarlas en el plateado costado del pez, levantó el palo y lo dejó caer con gran fuerza y violencia sobre la ancha cabezota del tiburón. Sintió la elástica solidez de la cabeza al caer el palo sobre ella. Pero sintió también la rigidez del hueso y otra vez pegó duramente al tiburón sobre la punta del hocico al tiempo que se deslizaba hacia abajo separándose del pez.

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