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El viejo y el mar

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—¿Crees que debiéramos comprar unos billetes de la lotería que terminen en un ochenta y cinco? Mañana hace el día ochenta y cinco.

—Podemos hacerlo —dijo el muchacho—. Pero, ¿qué me dice de su gran récord, el ochenta y siete?

—No podría suceder dos veces. ¿Crees que puedas encontrar un ochenta y cinco?

—Puedo pedirlo.

—Un billete entero. Eso hace dos pesos y medio. ¿Quién podría prestárnoslos?

—Eso es fácil. Yo siempre encuentro quien me preste dos pesos y medio.

—Creo que yo también. Pero trato de no pedir prestado. Primero pides prestado; luego pides limosna.

—Abríguese, viejo —dijo el muchacho—. Recuerde que estamos en septiembre.

—El mes en que vienen los grandes peces —dijo el viejo—. En mayo cualquiera es pescador.

—Ahora voy por las sardinas —dijo el muchacho.

Cuando volvió el muchacho, el viejo estaba dormido en la silla. El sol se estaba poniendo. El muchacho cogió de la cama la frazada del viejo y se la echó sobre los hombros. Eran unos hombros extraños, todavía poderosos, aunque muy viejos, y el cuello era también fuerte todavía, y las arrugas no se veían tanto cuando el viejo estaba dormido y con la cabeza derribada hacia adelante. Su camisa había sido remendada tantas veces, que estaba como la vela; y los remiendos, descoloridos por el sol, eran de varios tonos. La cabeza del hombre era, sin embargo, muy vieja y con sus ojos cerrados no había vida en su rostro. El periódico yacía sobre sus rodillas y el peso de sus brazos lo sujetaba allí contra la brisa del atardecer. Estaba descalzo.

El muchacho lo dejó allí, y cuando volvió, el viejo estaba todavía dormido.

—Despierte, viejo —dijo el muchacho, y puso su mano en una de las rodillas de éste.

El viejo abrió los ojos y por un momento fue como si regresara de muy lejos. Luego sonrió.

—¿Qué traes? —preguntó.

—La comida —dijo el muchacho—. Vamos a comer.

—No tengo mucha hambre.

—Vamos, venga a comer. No puede pescar sin comer.

—Habrá que hacerlo —dijo el viejo, levantándose y cogiendo el periódico y doblándolo. Luego empezó a doblar la frazada.

—No se quite la frazada —dijo el muchacho—. Mientras yo viva, usted no saldrá a pescar sin comer.

—Entonces vive mucho tiempo, y cuídate —dijo el viejo—. ¿Qué vamos a comer?

—Frijoles negros con arroz, plátanos fritos y un poco de asado.

El muchacho lo había traído de La Terraza en una cantina. Traía en el bolsillo dos juegos de cubiertos, cada uno envuelto en una servilleta de papel.

—¿Quién te ha dado esto?

—Martín. El dueño.

—Tengo que darle las gracias.

—Ya yo se las he dado —dijo el muchacho—. No tiene que dárselas usted.

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