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El viejo y el mar

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Cuando el viejo lo vio venir, se dio cuenta de que era un tiburón que no tenía ningún miedo y que haría exactamente lo que quisiera. Preparó el arpón y sujetó el cabo mientras veía venir al tiburón. El cabo era corto, pues le faltaba el trozo que él había cortado para amarrar al pez.

El viejo tenía ahora la cabeza despejada y en buen estado y se hallaba lleno de decisión, pero no abrigaba mucha esperanza. «Era demasiado bueno para que durara», pensó. Echó una mirada al gran pez mientras veía acercarse al tiburón. «Tal parece un sueño —pensó—. No puedo impedir que me ataque, pero acaso pueda arponearlo.

«Maldito, —pensó—. ¡Maldita sea tu madre!»

El tiburón se acercó velozmente por la popa y cuando atacó al pez, el viejo vio su boca abierta y sus extraños ojos y el tajante chasquido de los dientes al entrarle a la carne justamente sobre la cola. La cabeza del tiburón estaba fuera del agua y su lomo venía asomado y el viejo podía oír el ruido que hacía al desgarrar la piel y la carne del gran pez cuando clavó el arpón en la cabeza del tiburón en el punto donde la línea del entrecejo se cruzaba con la que corría rectamente hacia atrás partiendo del hocico. No había tales líneas: solamente la pesada y recortada cabeza azul y los grandes ojos y las mandíbulas que chasqueaban, acometían y se lo tragaban todo. Pero allí era donde estaba el cerebro y allí fue donde le pegó el viejo. Le pegó con sus manos pulposas y ensangrentadas, empujando el arpón con toda su fuerza. Le pegó sin esperanza, pero con resolución y furia.

El tiburón se volcó y el viejo vio que no había vida en sus ojos; luego el tiburón volvió a volcarse, se envolvió en dos lazos de cuerda. El viejo se dio cuenta de que estaba muerto, pero el tiburón no quería aceptarlo. Luego, de lomo, batiendo el agua con la cola y chasqueando las mandíbulas, el tiburón surcó el agua como una lancha de motor. El agua era blanca en el punto donde batía su cola, y las tres cuartas partes de su cuerpo sobresalían del agua cuando el cabo se puso en tensión, retembló y luego se rompió. El tiburón se quedó un rato tranquilamente en la superficie y el viejo se paró a mirarlo. Luego el tiburón empezó a hundirse lentamente.

—Se llevó unas cuarenta libras —dijo el viejo en voz alta.

«Se llevó también mi arpón y todo el cabo —pensó—, y ahora mi pez sangra y vendrán otros tiburones.»

No le agradaba ya mirar al pez porque había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado, fue como si lo hubiera sido él mismo.

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