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El viejo y el mar

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—Era la única manera de matarlo —dijo el viejo. Se estaba sintiendo mejor desde que había tomado el buche de agua y sabía que no desfallecería y su cabeza estaba despejada.

«Tal como está, pesa mil quinientas libras —pensó—. Quizá más. ¿Si quedaran en limpio dos tercios de eso, a treinta centavos la libra?»

—Para eso necesito un lápiz —dijo—. Mi cabeza no está tan clara como para eso. Pero creo que el gran DiMaggio se hubiera sentido hoy orgulloso de mí. Yo no tenía espuelas de hueso. Pero las manos y la espalda duelen de veras.

«Me pregunto qué será una espuela de hueso —pensó—. Puede que las tengamos sin saberlo.»

Sujetó el pez a la proa y a la popa y al banco del medio. Era tan grande, que era como amarrar un bote mucho más grande al costado del suyo. Cortó un trozo de sedal y amarró la mandíbula inferior del pez contra su pico a fin de que no se abriera su boca y que pudiera navegar lo más desembarazadamente posible. Luego encajó el mástil en la carlinga, y con el palo que era su bichero y el botalón aparejados, la remendada vela cogió viento, el bote empezó a moverse y, medio tendido en la popa, el viejo puso proa al suroeste.

No necesitaba brújula para saber dónde estaba el suroeste. No tenía más que sentir la brisa y el tiro de la vela. «Será mejor que eche un sedal con una cuchara al agua y trate de coger algo para comer y mojarlo con agua.» Pero no encontró ninguna cuchara, y sus sardinas estaban podridas. Así que enganchó un parche de algas marinas con el bichero y lo sacudió, y los pequeños camarones que había en él cayeron en el fondo del bote. Había más de una docena de ellos y brincaban y pataleaban como pulgas de playa. El viejo les arrancó las cabezas con el índice y el pulgar y se los comió, masticando las cortezas y las colas. Eran muy pequeñitos, pero él sabía que eran alimenticios y no tenían mal sabor.

El viejo tenía todavía dos tragos de agua en la botella y se tomó la mitad de uno después de haber comido los camarones. El bote navegaba bien, considerando los inconvenientes, y el viejo gobernaba con la caña del timón bajo el brazo. Podía ver al pez y no tenía más que mirar a sus manos y sentir el contacto de su espalda con la popa para saber que esto había sucedido realmente y que no era un sueño. Una vez, cuando se sentía mal, hacia el final de la pelea, había pensado que quizá fuera un sueño. Luego, cuando había visto saltar al pez del agua y permanecer inmóvil contra el cielo antes de caer, tuvo la seguridad de que era algo grandemente extraño y no podía creerlo. Luego empezó a ver mal. Ahora, sin embargo, había vuelto a ver como siempre.

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