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El viejo y el mar

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—Despéjate, cabeza —dijo en voz que apenas podía oír—. !Despéjate!

Dos veces más ocurrió lo mismo en las vueltas.

«No sé —pensó el viejo. Cada vez se había sentido a punto de desfallecer—. No sé. Pero probaré otra vez.»

Probó una vez más y se sintió desfallecer cuando viró al pez. El pez se enderezó y salió nadando de nuevo lentamente, meneando en el aire su gran cola.

«Probaré de nuevo», prometió el viejo, aunque sus manos estaban ahora pulposas, y sólo podía ver bien a intervalos.

Probó de nuevo y fue lo mismo. «Vaya —pensó, y se sintió desfallecer antes de empezar—. Voy a probar otra vez.»

Cogió todo su dolor y lo que quedaba de su fuerza y del orgullo que había perdido hacía mucho tiempo y lo enfrentó a la agonía del pez. Y éste se viró sobre su costado y nadó suavemente así, de costado, tocando, casi con el pico la tablazón del bote y empezó a pasarlo: largo, espeso, ancho, plateado y listado de púrpura e interminable en el agua.

El viejo soltó el sedal y puso su pie sobre él, y levantó el arpón tan alto como pudo y lo lanzó hacia abajo con toda su fuerza, y más fuerza que acababa de crear, al costado del pez, justamente detrás de la gran aleta pectoral que se elevaba en el aire, a la altura del pecho de un hombre. Sintió que el hierro penetraba en el pez y se inclinó sobre él y lo forzó a penetrar más, y luego le echó encima todo su peso.

Luego, el pez cobró vida, con la muerte en la entraña, y se levantó del agua, mostrando toda su gran longitud y anchura y todo su poder y su belleza. Pareció flotar en el aire sobre el viejo que estaba en el bote. Luego cayó en el agua con un estampido que arrojó un reguero de agua sobre el viejo y sobre todo el bote.

El viejo se sentía desfallecer y estaba mareado y no veía bien. Pero soltó el sedal del arpón y lo dejó correr lentamente entre sus manos en carne viva, y cuando pudo ver, vio que el pez estaba de espalda, con su plateado vientre hacia arriba. El mango del arpón se proyectaba en ángulo desde el hombro del pez y el mar se estaba tiñendo de la sangre roja de su corazón. Primero era oscura como un bajío en el agua azul que tenía más de una milla de profundidad. Luego se distendió como una nube. El pez era plateado y estaba quieto y flotaba movido por las olas.

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