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El viejo y el mar

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Marcharon juntos camino arriba hasta la cabaña del viejo y entraron; la puerta estaba abierta. El viejo inclinó el mástil con su vela arrollada contra la pared y el muchacho puso la caja y el resto del aparejo junto a él. El mástil era casi tan largo como la habitación única de la choza. Esta última estaba hecha de las recias pencas de la palma real que llaman guano, y había una cama, una mesa, una silla y un lugar en el piso de tierra para cocinar con carbón. En las paredes, de pardas, aplastadas y superpuestas hojas de guano de resistente fibra, había una imagen en colores del Sagrado Corazón de Jesús y otra de la Virgen del Cobre. Estas eran reliquias de su esposa. En otro tiempo había habido una desvaída foto de su esposa en la pared, pero la había quitado porque le hacía sentirse demasiado solo el verla, y ahora estaba en el estante del rincón, bajo su camisa limpia.

—¿Qué tiene para comer? —preguntó el muchacho.

—Una cazuela de arroz amarillo con pescado. ¿Quieres un poco?

—No. Comeré en casa. ¿Quiere que le encienda la candela?

—No. Yo la encenderé luego. O quizás coma el arroz frío.

—¿Puedo llevarme la atarraya?

—Desde luego.

No había ninguna atarraya. El muchacho recordaba que la habían vendido. Pero todos los días pasaban por esta ficción. No había ninguna cazuela de arroz amarillo con pescado, y el muchacho lo sabía igualmente.

—El ochenta y cinco es un número de suerte —dijo el viejo—. ¿Qué te parece si me vieras volver con un pez que, en canal, pesara más de mil libras?

—Voy a coger la atarraya y saldré a pescar las sardinas. ¿Se quedará sentado al sol, a la puerta?

—Sí. Tengo ahí el periódico de ayer y voy a leer los resultados de los partidos de béisbol.

El muchacho se preguntó si el «periódico de ayer» no sería también una ficción. Pero el viejo lo sacó de debajo de la cama.

—Perico me lo dio en la bodega —explicó.

—Volveré cuando haya cogido las sardinas. Guardaré las suyas junto con las mías en el hielo y por la mañana nos las repartiremos. Cuando yo vuelva, me contará lo del béisbol.

—Los Yankees de Nueva York no pueden perder.

—Pero yo les tengo miedo a los Indios de Cleveland.

—Ten fe en los Yankees de Nueva York, hijo, piensa en el gran DiMaggio.

—Les tengo miedo a los Tigres de Detroit y a los Indios de Cleveland.

—Ten cuidado, no vayas a tenerles miedo también a los Rojos de Cincinnatti y a los White Sox de Chicago.

—Usted estudia eso y me lo cuenta cuando vuelva.

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