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El viejo y el mar

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Se arrodilló contra la proa y, por un momento, deslizó de nuevo el sedal sobre su espalda. "Ahora descansaré mientras él sale a trazar su círculo, y luego, cuando venga, me pondré de pie y lo trabajaré", decidió.

Era una gran tentación descansar en la proa y dejar que el pez trazara un círculo por sí mismo sin recoger sedal alguno. Pero cuando la tirantez indicó que el pez había virado para venir hacia el bote, el viejo se puso de pie y empezó a tirar en ese movimiento giratorio y de contoneo, hasta recoger todo el sedal ganado al pez.

Jamás me he sentido tan cansado —pensó—, y ahora se está levantando la brisa. Pero eso me ayudará a llevarlo a tierra. Lo necesito mucho.»

—Descansaré en la próxima vuelta que salga a dar —dijo—. Me siento mucho mejor. Luego, en dos o tres vueltas más, lo tendré en mi poder.

Su sombrero de yarey estaba allá en la parte de atrás de la cabeza. El viejo sintió girar de nuevo al pez, y un fuerte tirón del sedal lo hundió contra la proa.

«Pez, ahora tú estás trabajando —pensó—. A la vuelta te pescaré.»

El mar estaba bastante más agitado. Pero era una brisa de buen tiempo y el viejo la necesitaba para volver a tierra.

—Pondré, simplemente, proa al sur y al oeste —dijo—. Un hombre no se pierde nunca en la mar. Y la isla es larga.

Fue en la tercera vuelta cuando primero vio al pez. Lo vio primero como una sombra oscura que tardó tanto tiempo en pasar bajo el bote, que el viejo no podía creer su longitud.

—No —dijo—. No puede ser tan grande.

Pero era tan grande, y al cabo de su vuelta salió a la superficie solo a treinta yardas de distancia, y el hombre vio su cola fuera del agua. Era más alta que una gran hoja de guadaña, y de un color azuloso—rojizo muy pálido sobre la oscura agua azul. Volvió a hundirse, y mientras el pez nadaba justamente bajo la superficie, el viejo pudo ver su enorme bulto y las franjas purpurinas que lo ceñían. Su aleta dorsal estaba aplanada; y sus enormes aletas pectorales desplegadas a todo lo que daban.

En ese círculo pudo el viejo ver el ojo del pez y las dos rémoras grises que nadaban en torno a él. A veces se adherían a él. A veces saltan disparadas. A veces nadaban tranquilamente a su sombra. Cada una tenía más de tres pies de largo, y cuando nadaban rápidamente meneaban todo su cuerpo como anguilas.

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