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El viejo y el mar

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Luego el sedal terminó de ceder, y el viejo lo sujetó hasta que vio que empezaba a soltar las gotas al sol. Luego empezó a correr, y el viejo se arrodilló y lo dejó ir nuevamente, a regañadientes, al agua oscura.

—Ahora está haciendo la parte más lejana del círculo —dijo.

«Debo aguantar todo lo posible —pensó—. La tirantez acortará su círculo cada vez más. Es posible que lo vea dentro de una hora. Ahora debo convencerlo y luego debo matarlo.»

Pero el pez seguía girando lentamente y el viejo estaba empapado en sudor y fatigado hasta la médula dos horas después, pero los círculos eran mucho más cortos; y, por la forma en que el sedal se sesgaba, podía apreciar que el pez había ido subiendo mientras giraba.

Durante una hora, el viejo había estado viendo puntos negros ante los ojos, y el sudor salaba sus ojos y salaba la herida que tenía en su ceja y en su frente. No temía a los puntos negros. Eran normales a la tensión a que estaba tirando del sedal. Dos veces, sin embargo, había sentido vahídos y mareos, y eso lo preocupaba.

—No puedo fallarme a mí mismo y morir frente a un pez como éste —dijo—. Ahora que lo estoy acercando tan lindamente, Dios me ayude a resistir. Rezaré cien padrenuestros y cien avemarías. Pero no puedo rezarlos ahora.

«Considéralos rezados —pensó—. Los rezaré más tarde.»

Justamente entonces, sintió de súbito una serie de tirones y sacudidas en el sedal, que sujetaba con ambas manos. Era una sensación viva, dura y pesada.

«Está golpeando el alambre con su pico —pensó—. Tenía que suceder. Tenía que hacer eso. Sin embargo, puede que lo haga brincar fuera del agua, y yo preferiría que ahora siguiera dando vueltas. Los brincos fuera del agua le eran necesarios para tomar aire. Pero después de eso, cada uno puede ensanchar la herida del anzuelo, y pudiera llegar a soltar el anzuelo.»

—No brinques, pez —dijo—. No brinques.

El pez golpeó el alambre varias veces más, y cada vez que sacudía la cabeza, el viejo cedía un poco más de sedal.

«Tengo que evitar que aumente su dolor —pensó—. El mío no importa. Yo puedo controlarlo. Pero su dolor pudiera exasperarlo.»

Después de un rato, el pez dejó de golpear el alambre y empezó a girar de nuevo lentamente. Ahora el viejo estaba ganando sedal gradualmente. Pero de nuevo sintió un vahído. Cogió un poco de agua del mar con la mano izquierda y se mojó la cabeza. Luego cogió más agua y se frotó la parte de atrás del cuello.

—No tengo calambres —dijo—. El pez estará pronto arriba y tengo que resistir. Tienes que resistir. De eso, ni hablar.

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