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El viejo y el mar

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Después de considerar que su mano derecha llevaba suficiente tiempo en el agua, la sacó y la miró.

—No está mal dijo—. Para un hombre, el dolor no importa.

Sujetó el sedal con cuidado, de tal forma que no se ajustara a ninguna de las recientes rozaduras, y lo corrió de modo que pudiera poner su mano izquierda en el mar por sobre el otro costado del bote.

—Lo has hecho bastante bien y no en balde —dijo a su mano izquierda—. Pero hubo un momento en que no podía encontrarte.

«¿Por qué no habré nacido con dos buenas manos? —pensó—. Quizá yo haya tenido la culpa, por no entrenar ésta debidamente. Pero bien sabe Dios que ha tenido bastantes ocasiones de aprender. No lo ha hecho tan mal esta noche, después de todo, y sólo ha sufrido calambre una vez. Si le vuelve a dar, deja que el sedal le arranque la piel.»

Cuando le pareció que se le estaba nublando un poco la cabeza, pensó que debía comer un poco más de dorado. «Pero no puedo —se dijo—. Es mejor tener la mente un poco nublada que perder fuerzas por la náusea. Y yo sé que no podré guardar la carne si me la como después de haberme embarrado la cara con ella. La dejaré para un caso de apuro hasta que se ponga mala. Pero es demasiado tarde para tratar de ganar fuerzas por medio de la alimentación. Eres estúpido —se dijo—. Cómete el otro pez volador.»

Estaba allí, limpio y listo, y lo recogió con la mano izquierda, y se lo comió todo, hasta la cola, masticando cuidadosamente.

«Era más alimenticio que casi cualquier otro pez —pensó—. Por lo menos me dará el tipo de fuerza que necesito. Ahora he hecho lo que podía —pensó—. Que empiece a trazar círculos, y venga la pelea.»

El sol estaba saliendo por tercera vez desde que se había hecho a la mar, cuando el pez empezó a dar vueltas.

El viejo no podía ver, por el sesgo del sedal, que el pez estaba girando. Era demasiado pronto para eso. Sentía simplemente un débil aflojamiento de la presión del sedal y comenzó a tirar de él suavemente con la mano derecha. Se tensó, como siempre, pero justo cuando llegó al punto en que se hubiera roto, el sedal empezó a ceder. El viejo sacó con cuidado la cabeza y los hombros de debajo del sedal, y empezó a recogerlo suave y seguidamente. Usó las dos manos sucesivamente, balanceándose y tratando de efectuar la tracción, lo más posible, con el cuerpo y con las piernas. Sus viejas piernas y sus hombros giraban con ese movimiento de montoneo a que lo obligaba la tracción.

—Es un ancho círculo erijo—. Pero está girando.

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