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El viejo y el mar

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«Que tenga que pagar por el sedal —pensó—. Que tenga que pagarlo bien.»

No podía ver los brincos del pez sobre el agua: sólo sentía la rotura del océano y el pesado golpe contra el agua al caer.

La velocidad del sedal desollaba sus manos, pero nunca había ignorado que esto sucedería, y trató de mantener el roce sobre sus partes callosas y de no dejar escapar el sedal a la palma, para evitar que le desollara los dedos.

«Si el muchacho estuviera aquí, mojaría los rollos de sedal —pensó—. Si. Si el muchacho estuviera aquí. Si el muchacho estuviera aquí.»

El sedal se iba más y más, pero ahora más lentamente, y el viejo estaba obligando al pez a ganar con trabajo cada pulgada de sedal. Ahora levantó la cabeza de la madera y la sacó de la tajada de pescado que su mejilla había aplastado. Luego se puso de rodillas y seguidamente se puso de pie con lentitud. Estaba cediendo sedal, pero más lentamente cada vez. Logró volver adonde podía sentir con el pie los rollos de sedal que no veía. Quedaba todavía suficiente sedal y ahora el pez tenía que vencer la fricción de todo aquel nuevo sedal a través del agua.

«Sí —pensó—. Y ahora ha salido más de una docena de veces fuera del agua y ha llenado de aire las bolsas a lo largo del lomo y no puede descender a morir a las profundidades de donde yo no pueda levantarlo. Pronto empezará a dar vueltas. Entonces tendré que empezar a trabajarlo. Me pregunto qué le habrá hecho brincar tan de repente fuera del agua. ¿Habrá sido el hambre, llevándolo a la desesperación, o habrá sido algo que lo asustó en la noche? Quizás haya tenido miedo de repente. Pero era un pez tranquilo, tan fuerte, y pareció tan valeroso y confiado... Es extraño.»

—Mejor será que tú mismo no tengas miedo y que tengas confianza, viejo —dijo—. Lo estás sujetando de nuevo, pero no puedes recoger sedal. Pronto tendrá que empezar a girar en derredor.

El viejo sujetaba ahora al pez con su mano izquierda y con sus hombros, y se inclinó y cogió agua en el hueco de la mano derecha para quitarse de la cara la carne aplastada del dorado. Temía que le diera náuseas, y vomitara, y perdiera sus fuerzas. Cuando hubo limpiado la cara, lavó la mano derecha en el agua por sobre la borda, y luego la dejó en el agua salada mientras percibía la aparición de la primera luz que precede a la salida del sol.

«Va casi derecho al este —pensó—. Eso quiere decir que está cansado y que sigue la corriente. Pronto tendrá que girar. Entonces empezará nuestro verdadero trabajo.»

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