Menú Buscar
Ir al contenido
X
X
El viejo y el mar

Página 33

Sponsors

«Qué simple seria si pudiera amarrar el sedal —pensó—. Pero con una brusca sacudida podría romperlo. Tengo que amortiguar la tensión del sedal con mi cuerpo y estar dispuesto en todo momento a soltar sedal con ambas manos.»

—Pero todavía no has dormido, viejo —dijo en voz alta—. Ha pasado medio día y una noche, y ahora otro día, y no has dormido. Tienes que idear algo para poder dormir un poco si el pez sigue tirando tranquila y seguidamente. Si no duermes, pudiera nublársete la cabeza.

«Ahora tengo la cabeza despejada —pensó—. Demasiado despejada. Estoy tan claro como las estrellas, que son mis hermanas. Con todo, debo dormir. Ellas duermen, y la luna y el sol también duermen, y hasta el océano duerme a veces, en ciertos días, cuando no hay corriente y se produce una calma chicha.

«Pero recuerda dormir —pensó—. Oblígate a hacerlo e inventa algún modo simple y seguro de atender a los sedales. Ahora vuelve allá y prepara el dorado. Es demasiado peligroso armar los remos en forma de remolque y dormirse.

«Podría pasarme sin dormir —se dijo—. Pero sería demasiado peligroso.»

Empezó a abrirse paso de nuevo hacia la popa, a gatas, con manos y rodillas, cuidando de no sacudir el sedal del pez. «Éste pudiera estar ya medio dormido —pensó—. Pero no quiero que descanse. Debe seguir tirando hasta que muera.»

De vuelta en la popa, se volvió de modo que su mano izquierda aguantaba la tensión del sedal a través de sus hombros y sacó el cuchillo de la funda con la mano derecha.

Ahora las estrellas estaban brillantes, y vio claramente el dorado, y le clavó el cuchillo en la cabeza y lo sacó de debajo de la popa. Puso uno de sus pies sobre el pescado, y lo abrió rápidamente desde la cola hasta la punta de su mandíbula inferior. Luego soltó el cuchillo y lo destripó con la mano derecha limpiándolo completamente y arrancándole de cuajo las agallas. Sintió la tripa pesada y resbaladiza en su mano, y la abrió. Dentro había dos peces voladores. Estaban frescos y duros, y los puso uno junto al otro, y arrojó las tripas a las aguas por sobre la popa. Se hundieron dejando una estela de fosforescencia en el agua. El dorado estaba ahora frío y de un leproso blanco gris a la luz de las estrellas; y el viejo le arrancó el pellejo de un costado mientras sujetaba su cabeza con el pie derecho. Luego lo viró y peló la otra parte, y con el cuchillo levantó la carne de cada costado desde la cabeza a la cola.

↑ Ir al inicio

↑ Ir al inicio