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El viejo y el mar

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El viejo desenganchó al pez, volvió a cebar el sedal con otra sardina y lo arrojó al agua. Después volvió lentamente a la proa. Se lavó la mano izquierda y se la secó en el pantalón. Luego pasó el grueso sedal de la mano derecha a la mano izquierda y lavó la mano derecha en el mar mientras lavaba la mirada en el sol que se hundía en el océano, y en el sesgo del sedal grande.

—No ha cambiado nada en absoluto —dijo.

Pero observando el movimiento del agua contra su mano, notó que era perceptiblemente más lento.

—Voy a amarrar los dos remos uno contra otro y a colocarlos de través detrás de la popa: eso retardará de noche su velocidad —dijo—. Si el pez se defiende bien de noche, yo también.

«Sería mejor limpiar el dorado un poco después para que la sangre se quedara en la carne — pensó—. Puedo hacer eso un poco más tarde y amarrar los remos para hacer un remolque al mismo tiempo. Será mejor dejar tranquilo al pez por ahora y no perturbarlo demasiado a la puesta del sol. La puesta del sol es un momento difícil para todos los peces.»

Dejó secar su mano en el aire, luego cogió el sedal con ella y se acomodó lo mejor posible y se dejó tirar adelante contra la madera para que el bote aguantara la presión tanto o más que él.

«Estoy aprendiendo a hacerlo —pensó—. Por lo menos esta parte. Y luego, recuerda que el pez no ha comido desde que cogió la carnada, y que es enorme, y necesita mucha comida. Ya me he comido un bonito entero. Mañana me comeré el dorado. Quizá me coma un poco cuando lo limpie. Será más difícil de comer que el bonito. Pero, después de todo, nada es fácil.»

—¿Cómo te sientes, pez? —preguntó en voz alta—. Yo me siento bien, y mi mano izquierda va mejor, y tengo comida para una noche y un día. Sigue tirando del bote, pez.

No se sentía realmente bien porque el dolor que le causaba el sedal en la espalda habla rebasado casi el dolor y pasado a un entumecimiento que le parcela sospechoso. «Pero he pasado cosas peores —pensó—. Mi mano sólo está un poco rozada y el calambre ha desaparecido de la otra. Mis piernas están perfectamente. Y además, ahora te llevo ventaja en la cuestión del sustento.»

Ahora es de noche, pues en septiembre se hace de noche rápidamente después de la puesta del sol. Se echó contra la madera gastada de la proa y reposó todo lo posible. Habían salido las primeras estrellas. No conocía el nombre de Venus, pero la vio, y sabía que pronto estarían todas a la vista, y que tendría consigo a todas sus amigas lejanas.

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