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El viejo y el mar

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«El sol la tostará bien ahora —pensó—. No debe volver a engarrotárseme, salvo que haga demasiado frío de noche. Me pregunto qué me traerá esta noche.»

Un aeroplano pasó por encima en su viaje hacia Miami y el viejo vio cómo su sombra espantaba a las manchas de peces voladores.

—Con tantos peces voladores, debe de haber dorados —dijo, y se echó hacia atrás contra el sedal para ver si era posible ganar alguna ventaja sobre su pez. Pero no: el sedal permaneció en esa tensión, ese temblor y ese rezumar de agua que precede a la rotura. El bote avanzaba lentamente y el viejo siguió con la mirada al aeroplano hasta que lo perdió de vista.

«Debe de ser muy extraño ir en un aeroplano —pensó—. Me pregunto cómo lucirá la mar desde esa altura. Si no volaran demasiado alto, podrían ver los peces. Me gustaría volar muy lentamente a doscientas brazas de altura y ver los peces desde arriba. En los barcos tortugueros, yo iba en las crucetas de los masteleros y aun a esa altura veía muchos. Desde allí los dorados lucen más verdes y se puede ver sus franjas y sus manchas violáceas y se ve todo el banco buceando. ¿Por qué todos los peces voladores de la corriente oscura tienen lomos violáceos y generalmente franjas o manchas del mismo color? El dorado parece verde, desde luego, porque es realmente dorado. Pero cuando viene a comer, verdaderamente hambriento, aparecen franjas de color violáceo en sus costados, como en las agujas. ¿Será la cólera o mayor velocidad lo que las hace salir?»

Justamente antes del anochecer, cuando pasaban junto a una gran isla de sargazo que se alzaba y bajaba y balanceaba con el leve oleaje, como si el océano estuviera haciendo el amor con alguna cosa, bajo una manta amarilla un dorado se prendió en su sedal pequeño. El viejo lo vio primero cuando brincó al aire, oro verdadero a los últimos rayos del sol, doblándose y debatiéndose fieramente. Volvió a surgir, una y otra vez, en las acrobáticas salidas que le dictaba su miedo. El hombre volvió como pudo a la popa y agachándose y sujetando el sedal grande con la mano y el brazo derecho, tiró del dorado con su mano izquierda, plantando su descalzo pie izquierdo sobre cada tramo de sedal que iba ganando. Cuando el pez llegó a popa, dando cortes y zambullidas, el viejo se inclinó sobre la popa y levantó al bruñido pez de oro de pintas violáceas por sobre ésta. Sus mandíbulas actuaban convulsivamente en rápidas mordidas contra el anzuelo y batió el fondo del bote con su largo cuerpo plano, su cola y su cabeza, hasta que el viejo le pegó en la brillante cabeza dorada. Entonces se estremeció y se quedó quieto.

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