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El viejo y el mar

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«Me gustaría que se durmiera y poder dormir yo, y soñar con los leones —pensó—. ¿Por qué, de lo que queda, serán los leones lo principal? No pienses, viejo —se dijo—. Reposa dulcemente contra la madera y no pienses en nada. El pez trabaja. Trabaja tú lo menos que puedas.»

Estaba ya entrada la tarde y el bote todavía se movía lenta y seguidamente. Pero la brisa del este contribuía ahora a la resistencia del bote, y el viejo navegaba suavemente con el ligero oleaje, y el escozor del sedal en la espalda le era leve y llevadero.

Una vez, en la tarde, el sedal empezó a alzarse de nuevo. Pero el pez siguió nadando a un nivel ligeramente más alto. El sol le daba ahora en el brazo y el hombro izquierdos y en la espalda. Por eso sabía que el pez había virado al nordeste.

Ahora que lo había vino una vez, podía imaginárselo nadando en el agua con sus purpurinas aletas pectorales desplegadas como alas y la gran cola erecta tajando la tiniebla. «Me pregunto cómo podrá ver a tanta profundidad —pensó—. Sus ojos son enormes, y un caballo, con mucho menos ojo, puede ver en la oscuridad. En otro tiempo yo veía perfectamente en la oscuridad. No en la tiniebla completa. Pero veía casi como los gatos.»

El sol y el continuo movimiento de sus dedos habían librado completamente de calambre la mano izquierda, y empezó a pasar más presión a esta mano contrayendo los músculos de su espalda para repartir un poco el escozor del sedal.

—Si no estás cansado, pez —dijo en voz alta—, debes de ser muy extraño.

Se sentía ahora muy cansado y sabía que pronto vendría la noche y trató de pensar en otras cosas. Pensó en las Grandes Ligas. Sabía que los Yankees de Nueva York estaban jugando contra los Tigres de Detroit.

«Éste es el segundo día en que no me entero del resultado de los juegos —pensó—. Pero debo tener confianza y debo ser digno del gran DiMaggio, que hace todas las cosas perfectamente, aun con el dolor de la espuela de hueso en el talón. ¿Qué cosa es una espuela de hueso? —se preguntó—. Nosotros no las tenemos. ¿Será tan dolorosa como la espuela de un gallo de pelea en el talón de una persona? Creo que no podría soportar eso, ni la pérdida de uno de los ojos, o de los dedos, y seguir peleando como hacen los gallos de pelea. El hombre no es gran cosa junto a las grandes aves y a las fieras. Con todo, preferiría ser esa bestia que está allá abajo en la tiniebla del mar.»

—No sé —dijo en voz alta—. Nunca he tenido una espuela de hueso.

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