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El viejo y el mar

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Se frotó la mano que tenía calambre contra el pantalón y trató de obligar los dedos. Pero éstos se resistían a abrirse. «Puede que se abra con el sol —pensó—. Puede que se abra cuando el fuerte bonito crudo haya sido digerido. Si la necesito, la abriré cueste lo que cueste. Pero no quiero abrirla ahora por la fuerza. Que se abra por sí misma y que vuelva por su voluntad. Después de todo, abusé mucho de ella de noche cuando era necesario soltar y empatar los varios sedales.»

Miró por sobre el mar y ahora se dio cuenta de cuán solo se encontraba. Pero veía los prismas en el agua profunda y oscura, el sedal estirado adelante y la extraña ondulación de la calma. Las nubes se estaban acumulando ahora para la brisa, y miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban contra el cielo sobre el agua, luego formaban un borrón y volvían a destacarse como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar.

Recordó cómo algunos hombres temían hallarse fuera de la vista de tierra en un botecito; y en los mares de súbito mal tiempo tenían razón. Pero ahora era el tiempo de los ciclones, y cuando no hay ciclón en el tiempo de los ciclones es el mejor tiempo del año.

«Si hay ciclón, siempre puede uno ver las señales varios días antes en el mar. En tierra no las ven porque no saben reconocerlas –pensó—. En tierra debe notarse también por la forma de las nubes. Pero ahora no hay ciclón a la vista.»

Miró al cielo y vio la formación de los blancos cúmulos, como sabrosas pilas de mantecado, y más arriba se veían las tenues plumas de los cirros contra el alto de septiembre.

—Brisa ligera —dijo—. Mejor tiempo para mí que para ti, pez.

Su mano izquierda estaba todavía presa del calambre, pero la iba soltando poco a poco.

«Detesto el calambre —pensó—. Es una traición del propio cuerpo. Es humillante ante los demás tener diarrea producida por envenenamiento de promaínas o vomitar por lo mismo. Pero el calambre lo humilla a uno, especialmente cuando está solo.

«Si el muchacho estuviera aquí podría frotarme la mano y soltarla, desde el antebrazo —pensó—. Pero ya se soltará.»

Luego palpó con la mano derecha para conocer la diferencia de tensión en el sedal; después vio que el sesgo cambiaba en el agua. Seguidamente, al inclinarse contra el muslo, vio que cobraba un lento sesgo ascendente.

—Está subiendo —dijo—. Vamos, mano. Ven, te lo pido.

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