Menú Buscar
Ir al contenido
X
X
El viejo y el mar

Página 24

Sponsors

—No creo que pueda comerme uno entero —dijo, y cortó por la mitad una de las tiras.

Sentía la firme tensión del sedal y su mano izquierda tenía calambre. La corrió hacia arriba sobre el duro sedal y la miró con disgusto.

—¿Qué clase de mano es ésta? —dijo—. Puedes coger calambre si quieres. Puedes convenirse en una garra. De nada te va a servir.

«Vamos», pensó, y miró al agua oscura y al sesgo del sedal. «Cómetelo ahora y le dará fuerza a la mano. No es culpa de la mano, y llevas muchas horas con el pez. Pero puedes quedarte siempre con él. Cómete ahora el bonito.»

Cogió un pedazo, se lo llevó a la boca y lo masticó lentamente. No era desagradable.

«Mastícalo bien —pensó—, y no pierdas ningún jugo. Con un poco de limón o lima o con sal no estaría mal.»

—¿Cómo te sientes, mano? —preguntó a la que tenía calambre y que estaba casi rígida como un cadáver—. Ahora comeré un poco para ti.

Comió la otra parte del pedazo que había cortado en dos. La masticó con cuidado y luego escupió el pellejo.

—¿Cómo va eso, mano? ¿O es demasiado pronto para saberlo?

Cogió otro pedazo entero y lo masticó.

«Es un pez fuerte y de calidad —pensó—. Tuve suerte de engancharlo a él, en vez de a un dorado. El dorado es demasiado dulce. Éste no es nada dulce y guarda toda la fuerza.

»Sin embargo, hay que ser práctico —pensó—. Otra cosa no tiene sentido. Ojalá tuviera un poco de sal. Y no sé si el sol secará o pudrirá lo que me queda. Por tanto, será mejor que me lo coma todo aunque no tengo hambre. El pez sigue tirando firme y tranquilamente. Me comeré todo el bonito y entonces estaré preparado.»

—Ten paciencia, mano —dijo—. Esto lo hago por ti.

«Me gustaría dar de comer al pez —pensó—. Es mi hermano. Pero tengo que matarlo y cobrar fuerzas para hacerlo.» Lenta y deliberadamente se comió todas las tiras en forma de coda del pescado.

Se enderezó, limpiándose la mano en el pantalón.

—Ahora —dijo—, mano, puedes soltar el sedal. Yo sujetaré al pez con el brazo hasta que se te pase esa bobería.

Puso su pie izquierdo sobre el pesado sedal que había aguantado la mano izquierda y se echó hacia atrás para llevar con la espalda la presión.

—Dios quiera que se me quite el calambre —dijo—. Porque no sé qué hará el pez.

«Pero parece tranquilo —pensó—, y sigue su plan. Pero, ¿cuál será su plan? ¿Y cuál es el mío? El mío tendré que improvisarlo de acuerdo con el suyo, porque es un pez muy grande. Si brinca, podré matarlo. Pero no acaba de salir de allá abajo. Entonces, seguiré con él allá abajo.»

↑ Ir al inicio

↑ Ir al inicio