Menú Buscar
Ir al contenido
X
X
El viejo y el mar

Página 21

Sponsors

Fue lo que hizo. Fue difícil en la oscuridad, y una vez el pez dio un tirón que lo lanzó de bruces, y le causó una herida bajo el ojo. La sangre le corrió un poco por la mejilla. Pero se coaguló y se secó antes de llegar a su barbilla, y el hombre volvió a la proa y se apoyó contra la madera. Ajustó el saco y manipuló cuidadosamente el sedal de modo que pasara por otra parte de sus hombros y, sujetándolo en éstos, tanteó con cuidado la tracción del pez y luego metió la mano en el agua para sentir la velocidad del bote.

«Me pregunto por qué habrá dado ese nuevo impulso —pensó—. El alambre debe de haber resbalado sobre la comba de su lomo. Con seguridad su lomo no puede dolerle tanto como me duele el mío. Pero no puede seguir tirando eternamente de este bote por grande que sea. Ahora todo lo que pudiera estorbar está despejado y tengo una gran reserva de sedal: no hay más que pedir.»

—Pez —dijo, dulcemente en voz alta—, seguiré hasta la muerte.

«Y él seguirá también conmigo, me imagino», pensó el viejo, y se puso a esperar a que fuera de día. Ahora, a esta hora próxima al amanecer, hacía frío, y se apretó contra la madera en busca de calor. «Voy a aguantar tanto como él», pensó. Y, con la primera luz, el sedal se extendió a los lejos y hacia abajo en el agua. El bote se movía sin cesar y cuando se levantó el primer filo de sol fue a posarse sobre el hombro derecho del viejo.

—Se ha dirigido hacia el norte —dijo el viejo.

«La corriente nos habrá desviado mucho al este —pensó—. Ojalá virara con la corriente. Eso indicaría que se estaba cansando.»

Cuando el sol se hubo levantado más, el viejo se dio cuenta de que el pez no se estaba cansando. Sólo una señal favorable, el sesgo del sedal, indicaba que nadaba a menos profundidad. Eso no significaba, necesariamente, que fuera a brincar a la superficie. Pero pudiera hacerlo.

—Dios quiera que suba —dijo el viejo—. Tengo suficiente sedal para manejarlo.

«Puede que si aumento un poquito la tensión le duela y surja a la superficie —pensó—. Ahora que es de día, conviene que salga para que llene de aire los sacos a lo largo de su espinazo y no pueda luego descender a morir a las profundidades.»

↑ Ir al inicio

↑ Ir al inicio