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El viejo y el mar

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A esta distancia de la costa, en este mes, debe de ser enorme —pensó el viejo—. Cómelas, pez. Cómelas. Por favor, cómelas. Están de lo más frescas; y tú, ahí, a seiscientos pies en el agua fría y a oscuras. Da otra vuelta en la oscuridad y vuelve a comértelas.»

Sentía el leve y delicado tirar; y luego, un tirón más fuerte cuando la cabeza de una sardina debía de haber sido más difícil de arrancar del anzuelo. Luego, nada.

—Vamos, ven —dijo el viejo en voz alta—. Da otra vuelta. Da otra vuelta. Ven a olerlas. ¿Verdad que son sabrosas? Cómetelas ahora, y luego tendrás un bonito. Duro y frío y sabroso. No seas tímido, pez. Cómetelas.

Esperó con el sedal entre el índice y el pulgar, vigilándolo, y vigilando los otros al mismo tiempo, pues el pez pudiera virar arriba o abajo. Luego volvió a sentir la misma y suave tracción.

—Lo cogerá —dijo el viejo en voz alta—. Dios lo ayude a cogerlo.

No lo cogió, sin embargo. Se fue y el viejo no sintió nada más.

—No puede haberse ido —dijo—. ¡No se puede haber ido, maldito! Está dando una vuelta. Es posible que haya sido enganchado alguna otra vez y que recuerde algo de eso.

Luego sintió un suave contacto en el sedal y de nuevo fue feliz.

—No ha sido más que una vuelta —dijo—. Lo cogerá.

Era feliz sintiéndolo tirar suavemente, y luego tuvo la sensación de algo duro e increíblemente pesado. Era el peso del pez, y dejó que el sedal se deslizara abajo, abajo, llevándose los dos primeros rollos de reserva. Según descendía, deslizándose suavemente entre los dedos del viejo, todavía él podía sentir el gran peso, aunque la presión de su índice y de su pulgar era casi imperceptible.

—¡Qué pez! —dijo—. Lo lleva atravesado en la boca, y se está yendo con él.

«Luego virará y se lo tragará», pensó. No dijo esto porque sabía que cuando uno dice una buena cosa, posiblemente no suceda. Sabía que éste era un pez enorme, y se lo imaginó alejándose en la tiniebla con el bonito atravesado en la boca. En ese momento sintió que había dejado de moverse, pero el peso persistía todavía. Luego el peso fue en aumento, y el viejo le dio más sedal. Acentuó la presión del índice y el pulgar por un momento, y el peso fue en aumento. Y el sedal descendía verticalmente.

—Lo ha cogido —dijo—. Ahora dejaré que se lo coma a su gusto.

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